Nuestra información en internet: cada vez más numerosa, más importante y más pública

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A mediados de los años 90 (de lo que hace menos tiempo del que se puede creer), completar un formulario de suscripción de una revista, un periódico o la etiqueta de un concurso era algo que se realizaba con mucho cuidado. Se ponía la información estrictamente necesaria, se guardaba en un sobre cerrado y se enviaba por correo postal.

Aunque ya entonces muchas empresas utilizaban esta información personal para vender listados de datos a quienes tuvieran intereses comerciales y publicitarios, esto se producía en un porcentaje infinitamente menor que el que hoy en día se vive a través de Internet.

El simple registro en una app, en una red social o en cualquier entorno privado (por llamarlo de algún modo), supone un trasvase de información cada vez mayor, que está conformando constantemente bases de datos con información sobre nosotros, en ocasiones demasiado personal como para llegar a plantearnos los riesgos que conlleva.

De hecho, desde el mismo momento que se navega por páginas web, el ordenador del usuario recibe una ingente cantidad de pequeños archivos de recogida de información denominada cookies. Es posible bloquearlos mediante todo tipo de interfaces, herramientas de navegadores y programas, pero al final esto supone una navegación poco práctica y una mala experiencia para el usuario. Estas cookies caducan al cabo de unos meses si no se vuelve a visitar la misma página web, pero no sólo es algo improbable, sino que la información inicial ya se ha enviado.

La información recogida puede servir para múltiples fines. Curiosamente, la que más quebraderos está dando a la legislación actual es la de la publicidad relacionada, que vincula la navegación de un usuario con el tipo de productos que debe mostrarle promocionalmente con el fin de motivar su compra. Pero no es ni mucho menos la única información que se almacena.

Redes sociales como Facebook guardan copia de seguridad de toda la información subida por los propios usuarios en sus bases de datos. Desde el desayuno que han querido compartir con el resto de sus amigos, hasta fotos personales a lo largo de los años.

Sobre todo con el auge de las redes sociales, las empresas que acceden a esa información tienen un detalle cada vez más revelador de nuestros hábitos, pensamientos y acciones. Esta riqueza de datos se vuelve crucial para sus propósitos y aún más pública conforme la navegación por internet va extendiéndose.

El problema va en aumento con la aparición de dispositivos móviles y tablets, que utilizan tarifas de datos para aplicaciones y funciones basadas en geolocalización. Con este método ya no sólo se conocen los gustos, aficiones o intereses del usuario, sino que se también se revela en qué lugar está físicamente en cada momento (o al menos dónde está su dispositivo).

Y aunque el usuario no esté utilizando activamente un dispositivo, existe un gran número de aplicaciones y entornos digitales que siguen recabando información del usuario y de su navegación siempre que la sesión no se haya cerrado.

En apariencia el mayor peligro está cuando se recolectan datos bancarios o sensiblemente personales. Se estudia cómo será en el futuro el almacenamiento de estas bases de datos y su posterior uso, ya que podrían terminar siendo objeto de comercialización, y de esta forma el individuo, o más precisamente su patrón de conducta, termina convirtiéndose en un producto en sí mismo.